jueves, 6 de junio de 2013

LA ESPERANZA ES COLOR NARANJA - CUENTO DE R.E. TOLEDO.


                            R.E. Toledo. Profesora de Español. Universidad de Tennessee.

"La esperanza es color naranja" es un cuento conmovedor; de lenguaje sencillo y profundamente humano. Nos presenta la historia de un amor alimentado secuencialmente y a través de un simple acto de compraventa en la que el roce de manos es su manifestación más evidente. 

Fernando Saavedra A.


Don Simón extendió la mano para dar el cambio a su clienta. Inclinó la cabeza para saborear el momento. –Muchas gracias marchantita. Que tenga buena semana. La piel de la mano que le recibía el cambio ya no era suave. La cara de la mujer estaba llena de arrugas ahora pero para él la belleza que lo había enamorado desde hacía más de 25 años seguía latente. A Don Simón no le importaban los años que habían pasado. Ella, por todos estos años, seguía viniendo al puesto cada lunes a comprar sus naranjas y él seguía apartando cada semana las mejores naranjas para ella. Ahora que no podía ver, había aprendido a percibir todos los detalles: la consistencia del fruto, su suave olor, su piel uniforme. Apenas sus yemas percibían la perfección del fruto don Simón lo apartaba para ella. Siempre se hablaron de usted y aunque hoy en día se olvidaban uno del otro durante la semana, cada lunes él apartaba la fruta y ella se ponía el mismo perfume tenue que usaba hacía años, antes de salir al tianguis. Les seguía latiendo el corazón al llegar el momento del encuentro. 

Don Simón sabía el nombre de ella y lo repetía mentalmente cada vez que ella se acercaba al puesto –Doña Carmen, pero no se atrevía a decirlo en voz alta, nunca. Ella era una mujer de sociedad. El era un simple veracruzano, que había pasado la primera parte de su vida cultivando naranja y la segunda vendiéndola en la capital. No era inculto, no era pobre, pero continuamente le llamaban indio o naco, desde que llegó a residir a la capital. Al principio esto le había molestado, e incluso se había metido en pleitos durante su juventud, pero ahora ya no le importaban esas cosas.  Al sentir la mano de Doña Carmen rozar con la suya se trasladó a aquel lugar—años atrás—al que llegaba cada lunes. 

La había esperado todo el día y no llegó. Como ya caía la noche, empezó a recoger el puesto y tardó más de la cuenta, a cada momento levantando la cabeza para ver si venía –Estúpido que soy. No va a venir. Seguro se olvidó. Seguro ya compró las naranjas en otro puesto. Seguro se cambió de casa. Estúpido Simón, porque te preocupas por eso—pensaba. Pero su corazón se sobresaltaba al escuchar pasos aproximarse. Al empezar a echar viajes al camión con la mercancía que le había sobrado, y luego con los fierros del puesto, y con las lonas, miraba por las calles contiguas, la buscaba. Su corazón latió a mil al verla parada muy cerca de la pared, en la esquina, a la vuelta de la farmacia. Su mirada se quedó fija, para distinguir si era ella. Se turbó de inmediato al confirmar que sí era. Tan bella, su pelo negro cayéndole en los hombros, sus manos buscando algo dentro del bolso. Su cara… su cara llena de lágrimas, y golpes? ¿Qué había pasado? ¿Quién le había hecho eso? ¿Por qué a ella? ¿Por qué no había estado allí él para defenderla? Mil preguntas pasaban por su cabeza en lo que decidía si acercarse, o no. 

Ella no lo conocía, ¿cómo tomaría su llegada? En ese momento vio a un hombre alto, corpulento, salir de la farmacia, agarrarla del brazo, zarandearla y ella echar a correr, llegar a la esquina, estirar la mano y entrar en un taxi. Subió al camión de redilas, lo echó a andar, la siguió, dejando parte de su puesto a medio recoger. Mientras conducía se preguntaba por qué lo hacía –sabía que no era nada de ella, sabía que probablemente ella no supiera siquiera de su existencia. Solo unas cuadras más adelante, el taxi paró repentinamente y ella salió abruptamente. Alcanzó a escuchar al hombre del taxi gritar algo y lo vio arrancar, dejándola parada a media calle. Estaban en la esquina de Félix Cuevas y Patricio Sanz. Paró el camión y bajó, a pesar de los claxonazos y las mentadas de madre. —¿Qué pasó señora? ¿Está bien?—Ella levantó la cabeza y lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Lo reconocía, claro, gracias a Dios. Se le tiró a los brazos y lloró. Él esperó a que se calmara—¿A dónde va? ¿La llevo señora?

—Llámame Carmen—dijo ella.

—¿A dónde vas Carmen? Yo te llevo—la condujo del brazo, hasta el camión. Don Simón se estacionó–Me llamo Simón.

En el camión le contó que su marido no quería que ella tuviera al bebé que esperaba y que no tenía a dónde ir, o a quién recurrir. Le dijo que quería tener a su bebito, que ella no quería un aborto, pero él se empeñaba en que no estaban preparados para tener un bebé. Él toco su vientre y le besó la cara. Ella lloraba callada. El dulce perfume de su piel le alegraba el alma.

Le hubiera gustado decirle que él la ayudaría. Le hubiera gustado decirle que la llevaría a casa, que la cuidaría, que sería el padre de ese hijo que ella llevaba en su vientre, pero él tenía una esposa, hijos que cuidar y no podía hacer eso, por mucho  que la hubiera querido durante tanto tiempo ya. Hablaron y hablaron más, de igual a igual. Le compró un agua y se la tomaron en el camión y las horas pasaron. —

Debes ser valiente Carmen. Debes tener tu hijo si tú lo quieres tener. Ningún hombre te puede forzar a no tenerlo. Ni siquiera tu marido. Después de largas horas, al llegar el amanecer, ella le pidió que la llevara a la casa de sus padres. 

—No me verás por un tiempo Simón, porque voy a hacerte caso. Seré valiente. Tendré a mi hijo. 

Gracias por todo. Gracias por ayudarme. —Al bajarse del coche, él le dio una bolsa con tres kilos de naranjas. Ella le besó los labios y después los ojos. Nunca nadie lo había hecho—besarle los ojos. Oyó cerrarse la puerta del camión. Él mantuvo los ojos cerrados mientras ella se alejaba, y al abrirlos…


No vio nada. Hacía mucho que no veía, pero no era necesario–Muchas gracias marchantita. Que tenga buena semana—Puso el cambio en su mano, y ella le dijo—Gracias a usted Don Simón. Que tenga buena semana también.


R.E. Toledo.

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